viernes, 26 de octubre de 2012

Historia de Roma (XXXII): las guerras civiles en Roma



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El inicio de las guerras civiles se produjo como un contragolpe a los conflictos surgidos entre fines del siglo II e inicios del siglo I a.C., como la guerra númida, la invasión de los cimbros y de los teutones y la guerra social.

Pompeyo y las guerras civiles en Roma

- La guerra númida


La guerra númida (111-105 a.C.) puso al descubierto los procesos que corroían desde hacía tiempo la vida política romana, manifestando al mismo tiempo el odio antirromano de las poblaciones norteafricanas. Este odio, avivado sin duda por el nacionalismo de Yugurta, rey de Numidia, estaba tan arraigado que desembocó en auténticas masacres, como la de Cirta (112 a.C.), donde fueron asesinados todos los miembros de la numerosa colonia presente en la ciudad. La cruel masacre expresó, en toda su crudeza, el rechazo de una política expansionista cada vez más dura y despiadada, conducida por el interés  de un pequeño grupo de individuos que gozaban de amplios poderes en Roma. La guerra llevó consigo la reforma, promovida por Mario, de las modalidades de reclutamiento del ejército, al que pudieron incorporarse por primera vez, con servicio voluntario y retribuido, los proletarios excluidos hasta entonces. Si por un lado la reforma respondía a la dificultad de formar ejércitos con los sistemas tradicionales, por otro creaba soldados de profesión que consideraban el servicio militar como una oportunidad para crear un pequeño patrimonio con la paga, los botines de guerra y los premios dispensados por los mandos. De este modo, los soldados acabaron por vincularse estrechamente a sus jefes, más que al estado, convirtiéndose en una fuente permanente de inestabilidad en la vida política.

- La invasión de tribus germánicas (cimbros y teutones)


La invasión de las tribus germánicas de los cimbros y de los teutones (105-101 a.C.), truncada victoriosamente por Mario, estuvo en el origen de un nuevo conflicto interno en el Estado romano: la rivalidad entre Mario y Sila. Los dos se habían enfrentado ya anteriormente. Antes de derrotar a cimbros y teutones, Cayo Mario había guiado a las tropas vencedoras en Numidia, conquistando fama y gloria, además de una gran influencia política y un amplio respaldo entre las masas. Aprovechando los éxitos obtenidos, se había puesto al frente del partido popular, que no había abandonado la causa reformista, ni siquiera tras el trágico destino de los Gracos. Lucio Cornelio Sila, en cambio, se había distinguido sobre todo en la guerra itálica, granjeándose las simpatías de la clase senatorial y de los grupos de la oligarquía de gobierno.

- 88 a.C.: guerra abierta entre Mario y Sila


En 88 a.C. la rivalidad entre Mario y Sila se transformó en lucha abierta. Mitrídates VI, rey del Ponto, había atacado los territorios romanos de Asia haciendo exterminar, en un solo día, a todos los ciudadanos romanos de Oriente. La matanza recordaba la de Cirta y representaba una nueva confirmación de los extendidos sentimientos antirromanos. Lo que preocupaba a Roma, sin embargo, era la intensa influencia que ejercía Mitrídates en las poblaciones de la cuenca mediterránea, sobre todo por la acción propagandística del rey que se equiparaba con las gestas de Alejandro Magno y con las grandes tradiciones griegas y orientales. Por todo ello, Roma no podía aplazar el conflicto, aunque la situación interna era todo menos tranquila. En consecuencia, el senado no tardó en declarar la guerra al rey y decidió enviar a Oriente un ejército al mando del cónsul Sila. Pero el partido popular no podía aceptar esta decisión ya que la victoria, en caso de producirse, haría prevalecer a los grupos de la oligarquía senatorial y disminuiría el prestigio del que gozaban hasta entonces los demócratas. Estallaron entonces violentos tumultos y el senado se vio obligado a anular el nombramiento de Sila, que era legal, para sustituirlo por Mario. Sila, que se preparaba para partir con sus tropas hacia Oriente, apenas tuvo conocimiento de la noticia, salió de la Campania y marchó sobre Roma. Tras hacerse con el poder por la fuerza, obligó al senado a volver atrás y a conferirle de nuevo el mando en Asia. A continuación, completó su maniobra enviando al exilio a los principales miembros del partido de Mario.

- Sila se hace nombrar dictador vitalicio, con el fin de reorganizar el Estado


En la primavera de 87 a.C., después de haber impuesto el orden en Roma, Sila partió hacia Oriente, donde logró vencer a Mitrídates y obligarlo a firmar la paz. Mientras tanto, el partido popular había recuperado fuerza y, aunque privado de la guía de Mario, muerto de improviso, había logrado hacerse con el poder. Los estragos se sucedieron hasta que en 82 a.C. el retorno victorioso de Sila desde Oriente volvió a decantar la balanza a favor de la oligarquía. Con el apoyo del ejército y del senado, Sila se hizo nombrar dictador vitalicio con el fin de reorganizar el estado. Aprobó entonces una serie de disposiciones destinadas a reformar el poder del senado y, al mismo tiempo, a reducir la influencia del partido popular.

+ Las leyes de Sila


Las leyes de Sila iban acompañadas de drásticas medidas de orden público, como las listas de proscripción, tendentes a eliminar a los opositores al régimen. Con la introducción de los partidarios del dictador, el número de senadores pasó de 300 a 600. Se abolió la censura, se atribuyó un amplio poder legislativo al senado y se redujo la autoridad de los tribunos. También se estableció que pretores y cónsules permanecieran un año en Roma con cargos políticos y judiciales y fueran enviados el año siguiente a las provincias con el cargo de propretores o de procónsules al mando de los ejércitos.

+ Se desplazan las murallas ciudadanas


Finalmente, se desplazó la línea de las murallas ciudadanas hasta el Arno y el Rubicón, con la intención de impedir, o al menos de hacer más difícil, la conquista del poder por la fuerza, ya que se consideraba sacrilegio introducir armas al otro lado de la línea. Convencido de haber resuelto las principales cuestiones de la república, habiendo contentado al menos a la clase senatorial, Sila se retiró a la vida privada en 79 a.C. y murió al año siguiente en Campania.

- Se reanudan las guerras civiles con nuevos protagonistas: Craso, Pompeyo y Julio César


Pero las guerras civiles se reanudaron una vez más, protagonizadas en el período siguiente por Marco Licinio Craso, Cneo Pompeyo y Cayo Julio César. La situación interna se precipitó a raíz del estallido, casi simultáneo, de cuatro guerras: la rebelión en Hispania al mando de Sertorio (80-72 a.C.), la revuelta de los esclavos encabezada por Espartaco (73-71 a.C.), la guerra contra los piratas (78-67 a.C.) y la nueva guerra contra Mitrídates en Asia (74-63 a.C.). La primera contienda, que supuso el fin del partido de Mario, terminó con la victoria de Pompeyo, un político nuevo en la escena romana, considerado el mejor general del momento. La segunda, que afectó durante años a los campos itálicos, se resolvió con grandes dificultades gracias a las victorias obtenidas primero por Craso y después por Pompeyo, quien apagó los últimos rescoldos de la revuelta.

La positiva resolución de estos dos conflictos llevó a la elección para el consulado de los generales victoriosos en 70 a.C., año en que anularon, por obra de los propios cónsules, todas las disposiciones de Sila y se reanudó el movimiento democrático. El acuerdo permitió evitar un nuevo enfrentamiento civil en la ciudad del Tíber. Sin embargo, el continuo recurso a las armas para resolver cualquier disputa política representaba un constante motivo de turbación. La tercera guerra, dirigida por Pompeyo con amplios poderes y profusión de medios, concluyó con la definitiva eliminación de la piratería, que había turbado durante mucho tiempo el comercio en el área oriental del Mediterráneo. La nueva victoria supuso un nuevo incremento del prestigio de Pompeyo, convertido en ese momento en el hombre político más poderoso de la república. Finalmente, la derrota de Mitrídates, el rey del Ponto, coronó la ascensión de Pompeyo con el más lisonjero de los éxitos, y permitió a Roma consolidar sus dominios en Oriente, de Siria al Éufrates, y reordenar las alianzas y los protectorados.

En 62 a.C. Pompeyo, en el punto álgido de su prestigio, volvió a la capital para tomar las riendas de la situación política que se había ido deteriorando durante su ausencia.

En Roma la situación se había precipitado de golpe. Lucia Sergio Catilina, derrotado en las elecciones al consulado en 63 a.C., se había puesto al frente de la plebe desheredada y endeudada con un programa extremista. La firme oposición del senado lo llevo a urdir una conjura, que fracasó por la pronta reacción de la oligarquía dominante dirigida por el cónsul Marco Tulio Cicerón. Pero había muchos otros focos de tensión y numerosos problemas que exigían soluciones urgentes. Cayo Julio César supo aprovechar la situación y en poco tiempo logró polarizar las expectativas y la indignación del pueblo alrededor de un programa incisivo.

Cuando Pompeyo llegó a la capital, el ambiente que se respiraba no era precisamente tranquilo. Además de César, que se había puesto al frente de las masas frustradas tras el fracaso de Catilina, estaba Craso, que por entonces ya no escondía su profunda hostilidad hacia la oligarquía. Y el propio Pompeyo, aunque acogido triunfalmente por su campañas victoriosas, no había logrado satisfacer sus demandas a causa de la decidida oposición de los senadores, preocupados por su excesivo poder: el senado no había confirmado aún la nueva organización de los dominios asiáticos, no le había concedido al consulado y no había aprobado la asignación de tierras a los veteranos como recompensa por las victorias conseguidas.

- El "triunvirato" entre Pompeyo, César y Craso


Pompeyo, de hecho, se encontraba aislado. César, por su parte, buscaba a personas de éxito en las que apoyarse. Craso, en fin, era consciente de lo importantes que eran, desde cualquier punto de vista, los apoyos de que gozaban ambos. De este modo surgió, por interés mutuo, una estrecha colaboración entre Pompeyo, César y Craso que tomó el impropio nombre de "triunvirato". Los tres, con el apoyo de las masas, del ejército y de los grupos financieros, impusieron un programa que preveía, como punto de partida, la asignación del consulado a César en 59 a.C. para sentar las bases de su dominio en Roma. Cuando se consiguió el nombramiento de César para el consulado, se procedió a la aprobación de una reforma agraria inspirada en los principios democráticos, se confirmó la organización de Asia propuesta por Pompeyo y se concedió la disminución en un tercio del canon de arrendamiento de los tributos asiáticos. Para conseguir el apoyo militar que Pompeyo y Craso ya poseían, César obtuvo el proconsulado de la Galia cisalpina, de la Galia narbonense y del Ilírico para un período de cinco años. Estas provincias estaban lo bastante cerca de Roma como para hacer volver a los ejércitos en el caso de que la situación romana se deteriorara. La guerra de las Galias proporcionó a César la gloria y el poder militar a los que aspiraba. De 58 a 51 a.C. sometió todas las tierras comprendidas entre el canal de la Mancha y el Rin, en una lucha dura y áspera dirigida con la crueldad que imponían las guerras de conquista.

Mientras tanto en Roma predominaban la confusión y la anarquía, en un clima cercano a la guerra civil. Publio Clodio Pulcro, partidario de César, y Tito Anio Milón, protegido por la oligarquía senatorial, combatían con dureza al frente de grandes bandas armadas sin que nadie pudiera detenerlos.

- Los pactos de Lucca


Preocupado por el curso de los acontecimientos, César convocó una reunión con Pompeyo y Craso en Lucca, en 56 a.C., para consolidar el pacto del triunvirato. Se estableció que César permaneciera en las Galias durante cinco años más, para completar sus conquistas; que Pompeyo gobernara África e Hispania durante cinco años; y que Craso dirigiera la provincia de Siria así como la guerra contra los partos. También se decidió que Pompeyo y Craso fueran cónsules durante un año. Los acuerdos se ratificaron sin discusión en Roma, en un clima que ya no tenía visos de democracia.

- Tras la muerte de Craso, Pompeyo es nombrado cónsul por la oligarquía senatorial y con ello rompe definitivamente con César


Los pactos de Lucca atajaron de momento las fuertes rivalidades que enfrentaban a los tres hombres políticos del momento, pero muy pronto los acontecimientos se precipitaron desembocando en la guerra civil. Craso murió en Carres durante la guerra contra los partos en 53 a.C. y en Roma murió Julia, hija de César y esposa de Pompeyo, quien amaba tanto a su padre como a su esposo y era profundamente correspondida por ambos. Su inesperada muerte deshizo el lazo que unía con más fuerza a los dos políticos, al mismo tiempo que la desaparición de Craso los impelía al enfrentamiento mutuo. En 52 a.C. Pompeyo fue nombrado cónsul por la oligarquía senatorial, que se había alineado unánimemente a su lado para apoyarlo en su tarea de reordenación del estado. Al aliarse con la clase gubernamental, Pompeyo rompió definitivamente con César.

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Artículo 32 de 42 de nuestra serie de entradas sobre la historia de Roma.