martes, 8 de enero de 2013

Efectos sobre la Economía de la Romanización



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La llegada de los romanos produjo un gran impacto sobre el conjunto de los pueblos que habitaban la península Ibérica, ya que desde el comienzo de la conquista se empezaron a asimilar las formas de organización romana, impuestas lógicamente por el vencedor.

La sociedad autóctona asimiló con rapidez nuevas estructuras económicas y sociales. Se comenzó a utilizar una nuevo lengua, el latín, que iba a ser común a todos los pueblos de Hispania aunque se conservarán en muchos casos los dialectos vernáculos, que dejaron su huella en vocablos latinizados posteriormente, de acuerdo a lo que se conoce como el sustrato lingüístico. Se establecieron nuevas instituciones basadas en el Derecho Romano, instituciones de orden político y social, fundamentalmente.

Aunque la romanización fue más rápida en las tierras del Levante español, acostumbradas a recibir colonizadores en las centurias precedentes, y no del todo ajenas a los fundamentos de la cultura clásica, gracias a las colonias griegas, todo el territorio peninsular sintió los efectos de la romanización.

Se experimentó un gran desarrollo económico: los romanos no sólo aportaron técnicas de explotación minera y agrícola más perfeccionadas, sino que organizaron sistemáticamente las zonas explotadas antes de su llegada e iniciaron la producción en nuevas zonas, esencialmente en la minería. Un ejemplo claro lo constituyen las explotaciones de minio de Almadén, que producían materiales en bruto que se exportaban a Roma, y varias nuevas minas de plata y oro distribuidas por toda la geografía ibérica.

Se crearon nuevas hilaturas, fábricas de cerámica. En una palabra: la Península pasó a ser una de las principales provincias proveedoras de Roma, gracias a una forma de producción organizada, controlada y racional, que abarcaba desde la explotación agrícola a la minería, desde la obtención de materia prima, a la elaboración de productos ya manufacturados.

Los romanos introdujeron en la agricultura, base fundamental para el sustento y la riqueza de los pobladores locales, pero también importante para los habitantes del Imperio, mejores técnicas que produjeron beneficiosos resultados. Así, por ejemplo, se empezó a utilizar el arado romano, el trillo, las técnicas de regadío, y la puesta en barbecho (reposo periódico) de parte de las tierras de cultivo. Con esto se llegó a mejorar de tal modo el rendimiento del suelo que pronto se empezaron a exportar cereales, vino y aceite a Roma, tanto desde Andalucía como desde el valle del Ebro.

Las minas, explotadas directamente por el Imperio, gracias a una mano de obra de esclavos fundamentalmente, pero con mejoras en cuanto a la organización y a las herramientas, consiguieron también incrementar su cuota de producción. Podemos destacar que las minas de oro del Noroeste, o las de plata de Sierra Morena, las de cobre de Río Tinto, las de plomo de Cartagena y las de cinabrio de Almadén proporcionaron en abundancia sus productas, que fueron exportados a la metrópoli con regularidad.

Las industrias artesanales de la lana andaluza, del lino de Játiva, del esparto de Cartagena, de numerosos talleres de cerámica por toda la Península suministraban productos manufacturados de una gran calidad y en cantidad suficiente para poder ser exportados. Hasta salazones y conservas en aceite viajaban desde la Península a Roma.

En la zona de la actual Toledo y también la de Calatayud se producían armas de calidad que también se enviaban a Roma en una gran proporción.

Los puertos base para el comercio exterior, no sólo con destino a Roma, sino a otros puertos del Imperio, fueron durante el periodo de dominio romano: Tarragona, Cartagena y Cádiz.

También se recibían del exterior productos manufacturados y de lujo que iban destinados a los personajes de importancia locales, a los romanos que ocupaban cargos públicos y muy de vez en cuando a algún ciudadano adinerado, pero lo que es claro es que la balanza del comercio exterior se inclinaba claramente del lado de las exportaciones, aunque éstas fueran, como se ha visto en el caso de los metales, manejadas directamente por la autoridad imperial.

No hay que olvidar cuáles eran los usos y costumbres de los pueblos invasores en la época que nos ocupa: combatir, derrotar, destruir, conquistar, todo ello sobre la muerte de los pobladores vencidos y su erradicación casi total la mayoría de las veces.

Los romanos lucharon y destruyeron, pero preservaron mucho de lo existente, respetaron a la mayoría de la población no combatiente y aportaron de forma inmediata y aportaron de forma inmediata mejoras de organización y técnicas que, a la postre, redundaron en beneficio de los habitantes de la Península, aunque también en su propio beneficio.