domingo, 13 de enero de 2013

La decadencia del Imperio Romano



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A partir del siglo III d.C. el Imperio Romano se sume en una profunda crisis, cuyas causas principales fueron:

A) La inseguridad fronteriza, producida por la presión de los pueblos llamados bárbaros que habitaban en la proximidad de las fronteras del Imperio.

Los bárbaros, principalmente germanos y francos, iniciaron sus primeras incursiones provocando que en Hispania, a partir del año 258, se empezaran a amurallar la mayoría de las ciudades para facilitar su defensa.

B) La decadencia y ruina de la economía urbana y de las oligarquías, ya que al crecer en demasía el número y la importancia de los latifundios, se creó un estado de economía en el que la aristocracia rural de los grandes propietarios tomó las riendas, desplazando a los comerciantes urbanos e incluso a los grupos de artesanos, atrayendo a un gran número de hombres libres que, primero como colonos y luego como pequeños propietarios dependientes del gran propietario, se sometían a un sistema de vasallaje que, en alguna medida, es el antecesor del que más tarde se consolidó como sistema feudal.

C) La falta de sucesión regular a la cabeza del Imperio, pues desde el año 235, a la muerte del emperador Severo, el nombramiento de los emperadores solían imponerlo las legiones. Esto no podía tener más que un resultado: la pérdida de autoridad por parte del emperador, la proliferación de intrigas y conspiraciones y las frecuentes guerras civiles entre bandos que ensangrentaron casi permanentemente este periodo.

El conjunto de causas que hemos enumerado en realidad tiene una causa profunda subyacente: el agotamiento del sistema basado en la esclavitud.

El esclavo, aunque en algunas ocasiones tiene la oportunidad de liberarse (manumitirse) carece de incentivo para aumentar la productividad, rara vez mejora las técnicas aplicadas a la producción, y es caro, tanto de mantener como de adquirir, al haberse producido la llamada pax romana que limita las confrontaciones bélicas y las capturas de prisioneros. El sistema esclavista se agotaba por ser más caro producir con esclavos que con hombres libres, y además obtener menos rendimiento.

En el siglo IV no había suficiente moneda en circulación, de forma que en época de Diocleciano y Constantino volvió a imponerse el sistema de trueque en las transacciones comerciales.

La merma en producción y rendimiento, las amenazas de las incursiones de los bárbaros que obligaron a amurallar las ciudades y a restringir la circulación de mercancías por vías terrestres provocaron un aislamiento, una disminución de las exportaciones a la metrópoli, en una palabra, una sensación generalizada de desmoronamiento.

Por otra parte los impuestos aumentaban, la maquinaria administrativa del Imperio se encarecía y disminuía su eficacia, todo lo cual resquebrajaba la unidad romana.

Se produjo una verdadera decadencia cultural más acentuada en las ciudades, aunque las villas de los grandes propietarios (latifundistas) eran frecuentemente lujosas, pero tenían que ser defendidas en muchos casos con verdaderos ejércitos privados, restringidos en número, y a veces habían de ser fortificadas.

Es conveniente señalar, además, el progresivo arraigo de una religión minoritaria en los inicios del siglo I cuando la tradición, que no la historia, sitúa la venida a España del apóstol San Pablo (año 64 y 66 según las epístolas del propio apóstol).

Desde finales del siglo II, y a lo largo del siglo III el Cristianismo se extendió por toda la península Ibérica. La lengua de difusión fue el latín, y las provincias más romanizadas fueron las que más rápidamente y más profundamente se cristianizaron.

La organización de la Iglesia cristiana heredó en esencia el marco administrativo creado por los romanos.

Se basó en diócesis más o menos vinculadas a los municipios importantes, cada una de estas diócesis se encontraba bajo la autoridad de un obispo. El conjunto de las diócesis dependía de un metropolitano que se ubicaba en la capital de la provincia.

En el siglo IV figuras como el cordobés Oseo que participó en varios concilios (Iliberis, Sardes y Nicea) e intelectuales como el poeta Jubenco (que versificó los Evangelios) y Prudencio que escribió una magnífica apología del Cristianismo y de sus mártires, consiguieron impulsar la expansión de la religión cristiana en España.

Las diferentes persecuciones que sufrieron los cristianos, en la Península como en el resto del Imperio, no supusieron un impedimento para lo que llegó a ser prácticamente una religión única (ni siquiera herejías como las de Prisciliano, importante y con una propagación fuerte en parte de España, Galicia y Andalucía esencialmente, y Lusitania, rompieron de forma significativa el monopolio religioso del Cristianismo).

A partir de los inicios del año 408 o 409 la presión de los pueblos bárbaros del Norte se hace más significativa.

La caída del Imperio Romano no fue un hecho puntual, se produjo lentamente a lo largo de un siglo prácticamente e iba a traer importantes cambios en la estructura de la sociedad hispana.