viernes, 18 de julio de 2014

La Italia primitiva y los orígenes de Roma



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Italia, poblada en la Edad de Piedra por pueblos mediterráneos, recibió durante la Edad del Bronce invasores de más allá de los Alpes, tribus de lengua indoeuropea. Poco después del año 1.000 antes de Jesucristo, llegaron a sus costas unas gentes del Asia Menor que los movimiento de pueblos del Oriente Mediterráneo habían lanzado durante largos años a una existencia errante de marinos y piratas: los etruscos. Se establecieron en la región que de ellos tomó el nombre de Etruria o Toscana y, gracias a su organización y a su técnica, consiguieron pronto señorear toda la Italia Central. En el siglo VI antes de Jesucristo, dominaban desde la llanura del Po hasta Capua, en la Campania. Más al sur de la Península, los colonos griegos ocupaban, desde el siglo VIII antes de Jesucristo, las coste de la Italia Meridional y de Sicilia.


Tal era, en síntesis, el mapa etnográfico de Italia cuando, en el siglo VII antes de nuestra Era, acaeció la serie de circunstancias que determinaron el nacimiento de la ciudad de Roma.

- La guerra de Troya, Rómulo y Remo


Todos los romanos conocían al pie de la letra una tradición que enlazaba los orígenes de su ciudad con el desenlace de la guerra de Troya. Según ella, el héroe troyano Eneas, hijo de la diosa Venus y del mortal Anquises, había huído con los suyos de su ciudad, destruída por los aqueos y, después de una azarosa navegación que le llevó a la púnica Cartago, cuando la reina Dido edificaba sus muros, llegó a las costas del Lacio, donde casó con Lavinia, hija del rey del país, y fundó la ciudad de Alba en la montaña Albana. Un designio irrevocable de los dioses condujo al héroe, a través de peligros y contratiempos, desde su remoto hogar troyano a la desembocadura del Tíber: entraba en los planes de los inmortales trasplantar en aquel rincón de Italia la ciudad destruida por los aqueos y hacer de aquella nueva Troya la ciudad de Roma, madre de pueblos y dominadora del mundo. Los designios de los dioses se cumplieron de este modo. Pasaron muchos años, y Numitor, un descendiente de Eneas que reinaba en Alba, fue destronado por su hermano Amulio, mientras su hija, Rea Silvia, era consagrada al culto de Vesta para que no tuviese descendencia. Pero la virgen, apartada del comercio con los mortales, tuvo con el dios Marte dos gemelos, Rómulo y Remo, los cuales, por orden de Amulio, fueron colocados en una cesta y arrojados al Tíber. El río bajaba a la sazón muy crecido, y la cesta fue a parar al pie de la montaña del Palatino, bajo una higuera salvaje y cerca de una cueva habitaba por una loba, la cual amamantó a los gemelos. Recogidos por unos pastores, los dos niños se hicieron hombres, conocieron el misterio de su nacimiento y vengaron a su abuelo. En el Palatino, donde había transcurrido su infancia, Rómulo fundó una ciudad que de su nombre se llamó Roma. Para poblarla, dio asilo a los aventureros de las inmediaciones, y como la inmigración era tan numerosa, que entre los pobladores escaseaban las mujeres, invitó a los sabinos a unas fiestas y raptó a las jóvenes sabinas durante el espectáculo. La guerra entre romanos y sabinos, derivada de este hecho, terminó por la mediación de las mujeres entre sus padres y sus maridos. Los antiguos adversarios se unieron en un solo pueblo bajo la autoridad de Rómulo, que organizó la ciudad e instituyó el Senado. Cierto día, el fundador de Roma desapareció misteriosamente en medio de una tempestad. Sus súbditos creyeron que había subido al cielo y le adoraron en nombre de Quirino. Tal era, en síntesis, el relato que los romanos leían en su gran historiador Tito Livio y, en la parte referente a Eneas, en el príncipe de sus poetas, Virgilio.

- Investigaciones sobre los orígenes de Roma


La historiografía moderna no se ha dado, naturalmente, por satisfecha con este cuenta maravilloso y ha procurado, por medio de la Arqueología, abrirse un camino a través del espeso y enmarañado bosque de la tradición legendaria. Los datos que las investigaciones han proporcionado, son los siguientes: desde la Edad del Cobre, tribus indígenas habitaban las orillas del Tíber. Más al Sur, al pie de la montaña Albana, vivían, desde la primera Edad del Hierro, los latinos, que, agrupados en aldeas, llegaron a formar una liga alrededor del poblado principal, Alba Longa. Una colonia de Alba vino a establecerse en el Palatino, probablemente para vigilar de cerca a los etruscos, que, amenazadores, se aproximaban al Tíber, frontera natural del país latino. Casi al mismo tiempo, atraídos por las facilidades de comunicaciones e intercambio comercial, acudieron los montañeses sabinos a aquel lugar de confluencia de caminos. Así nació una serie de poblados en el Palatino y en las colinas inmediatas, que se federaron en la liga de las siete colinas o Septimontium, germen de la futura Roma.

Para que Roma naciese, fue preciso que entrara en juego el tercer y decisivo elemento: los etruscos, que en su avance en dirección al Sur, a pesar de las precauciones de los latinos, atravesaron el río y avanzaron por el Lacio hasta la Campania. Los etruscos convirtieron la rudimentaria aglomeración septimoncial en una ciudad que tomó un nombre etrusco: Roma, que fue el resultado de la fusión de latinos sabinos y etruscos.