Dificultades de toda suerte se amontonan a la hora de interrogar sobre las edades prerromanas. Pueblos de las más variadas razas y de las más diversas procedencias tuvieron asiento en el primitivo territorio italiano. No se sabe, en verdad, quiénes fueron los aborígenes, ni hay datos que permitan una segura identificación filológica, arqueológica o paleoetnológica de cada una de las gentes sobrevenidas y sobrepuestas por conquista, inmigración o infiltración.
Los métodos de la Filología, de la Arqueología y de la Paleoetnología no han discurrido por la misma vía, en el común concierto de buscar soluciones unitarias. Si la Filología pretendió asegurar una bien trabada unidad étnica y lingüística de los arios, la Antropología señaló la existencia de tres razas no entroncadas con éstos, diferentes entre sí y asentadas a lo largo de distintos territorios europeos: homo europeus, homo alpinus, homo meridionalis. La Arqueología, por su parte, nos habló de una raza uniforme, a la que sería propia la común cultura de los pueblos prearios del África septentrional y de la Europa meridional.


