En el Imperio romano oriental, el alumbramiento del Corpus iuris agota las fuerzas de juristas y legisladores. Después de promulgada la compilación, los autores se limitan, salvo raras excepciones poco importantes, a traducir al griego algunas de sus partes o a reproducirlas en extractos y transcripciones interpretativas –paráfrasis– (1). Rara vez aparece algún estudio de otro orden.
La legislación sigue la corriente de los tiempos y se contenta con sacar materiales de la cantera del Corpus iuris. No fue otra la labor de las Basílicas, compuestas hacia el año 900, empezadas por el emperador Basilio Macedo –867-886– y acabadas por su hijo León, el Filósofo –886-911–.


