domingo, 8 de julio de 2018

Marco Tulio Cicerón


En la base cultural de Occidente se encuentra en lugar destacado la obra de Cicerón. La influencia de sus tratados, su estilo oratorio y su elegante prosa se remontan al siglo IV.

Marco Tulio Ciceron y la historia de Roma

El orador, filósofo, político y escritor romano nació en la localidad de Arpino, el 3 de enero del año 106 a.C. Su familia, culta y acomodada, le proporcionó una educación en Roma. Cicerón estudió con célebres maestros griegos y latinos y al concluir su formación en Derecho manifestó su notable talento en los primeros procesos que se le encomendaron. Su gran triunfo llegó en el año 80 con la defensa de Sexto Roscio Amerino, acusado de parricidio: Cicerón demostró que se trataba de una trama urdida por partidarios del dictador Sila. Para evitar consecuencias negativas derivadas de este caso penal, Cicerón se alejó de Roma por un tiempo (entre los años 79 y 77) para completar su formación, especialmente en el ámbito de la filosofía y la retórica. Viajó por Grecia y Asia Menor, y en Rodas conoció los postulados de la Escuela rodia, que transformaron su estilo oratorio, hasta entonces vehemente, en otro caracterizado por la contención, la prudencia y el buen gusto.

Al regresar a Roma –o quizá antes de partir hacia Grecia, no hay seguridad sobre este punto– Cicerón contrajo matrimonio con Terencia. En estos años ocupó diversos cargos políticos (la cuestura en Sicilia es el primero de ellos, después fue pretor y cónsul) y consolidó su fama como orador y abogado. Los llamados Verrine, discursos en defensa del gobernador siciliano Verres, engrandecieron su prestigio y lo situaron en un digno puesto frente a la corrupción reinante.

Un acontecimiento clave en la carrera política de Cicerón es su nombramiento como cónsul (63 a.C.), cargo que obtuvo en su rango más alto (consul prior) a los cuarenta y dos años. De este periodo son los discursos consulares más célebres de Cicerón, las llamadas Catilinarias, con los que frustró la conspiración de Lucio Catilina para asaltar violentamente el poder. Ya con su primer discurso hace huir de Roma al conspirador; finalmente será derrotado y muerto en una batalla. El estilo de las Catilinarias es vivo, pero muy meditado; la ira, el afán de gloria y la encendida defensa de la República son sus elementos principales.

Durante esta crisis política se removieron muchos intereses, cuyo alcance excedería los límites de la conjura de Catilina. Esto atrajo hacia el orador no sólo el recelo de ciertos sectores, sino también odios, como el del tribuno Clodio, que llegó a provocar el exilio de Cicerón en marzo del 58. En este periodo del triunvirato de Pompeyo, Craso y César la fortuna del orador comenzó a declinar: durante el exilio en Macedonia vio perdidas sus propiedades y su fama mermada. El destierro duró aproximadamente dieciocho meses. En el 57, ya en Roma, reanuda su actividad oratoria con varios discursos en el Senado para agradecer su retorno y para atacar a sus adversarios. Los más destacados de este periodo son Post reditum, De domo sua, Pro Sestio o De haruspicum responso, entre otros. Pese a su fracaso durante el proceso contra Milón, su defensa Pro Milone contiene pasajes de excelente calidad; es tal vez el mejor considerado entre sus discursos.

En el 56 Craso, Pompeyo y César renovaron su alianza. Cicerón respondió al triunvirato con discursos favorables a sus actos (De provinciis consularibus, Pro Balbo) y escribió duras diatribas contra enemigos de antaño (In Pisonem). En el 53 se vio de algún modo compensado al ser nombrado augur y posteriormente procónsul en Cilicia en el 51. Su correspondencia durante la guerra civil entre César y Pompeyo refleja sus zozobras y sus dudas respecto a cuál debía ser el contendiente a quien prestar su apoyo. Se inclinó finalmente por Pompeyo, que representaba la postura más conservadora, pero los pompeyanos fueron derrotados en el verano del año 48. César permitió, no obstante, que el orador retornase a Roma. Llevó una vida semirretirada, dedicada al estudio y la lectura, que dio como fruto varias obras sobre filosofía y retórica, y pronunció y escribió los llamados tres discursos cesarianos: Pro Marcello, Pro Ligario y Pro rege Deiotaro.

En el año 46 se divorció de su esposa, para poder contraer matrimonio con Publilia, a la que había mantenido bajo su tutela. La muerte de su hija Tulia al año siguiente dejó al escritor desolado. Se dedicó completamente a la escritura. Tras un nuevo divorcio, la soledad y el abatimiento, además de la incertidumbre ante la situación política del momento, lo inclinaron hacia una fecunda creación literaria.

El asesinato de César en el año 44 devolvió a Cicerón el deseo de luchar por la restauración republicana; con ese fin se levantó contra Marco Antonio –y contra la tiranía– en una serie de catorce discursos, las célebres Filípicas, llamados así en memoria de los que el ateniense Demóstenes pronunció contra Filipo II, rey de Macedonia. Algunas de estas Filípicas (pronunciadas entre el 44 y el 43 a.C.) son obras maestras de la invectiva política. Con esta serie Cicerón se ganó la enemistad de Marco Antonio, que finalmente formaría triunvirato con Octaviano y con Lépido para dividirse de forma absoluta el poder. El nombre del orador encabezó la primera lista de proscritos. Cicerón se dirigió hacia la costa de Campania, pero fue alcanzado por los soldados enviados por Antonio y se entregó a ellos con dignidad. Murió el 7 de diciembre del año 43 a.C., a los sesenta y cuatro años, y su cabeza y sus manos fueron exhibidas en el foro romano.

Se conocen muchos datos de la vida, la obra y la personalidad de Cicerón a través de su voluminoso epistolario. Entre el 68 y el 43 escribió un ingente número de cartas (se conservan más de ochocientas), dirigidas a aproximadamente 90 destinatarios diferentes, donde Cicerón dejó plasmada su intimidad y, a la vez, el retrato de una época histórica llena de conflictos, revueltas e intrigas políticas, en la que el orador desempeñó un importantísimo papel. El conjunto de epístolas se ha dividido en cuatro colecciones: las Epistulae ad T. Pomponium Atticum, las Epistulae ad familiares, publicadas por Tirón, liberto de Cicerón, donde se contienen también las cartas de algunos de sus remitentes, las Epistulae ad Quintum fratrem, dirigidas a su hermano, y las Epistulae ad Brutum, un total de veinticinco misivas enviadas al aticista Marco Bruto.

No es la más relevante entre sus dedicaciones literarias, pero no hay que olvidar que Cicerón también cultivó la poesía y defendió el importante papel de los poetas para el Estado en alguno de sus discursos (Pro Archia). Comenzó traduciendo los versos de poetas precedentes, pero pronto compuso sus propios poemas, en hexámetros, relatando sus vivencias políticas: De consulatu suo y De temporibus suis, ambos repletos de elogios de sí mismo. Por referencias de otros autores hoy sabemos de la existencia de otros textos, de los que nada se conserva. En su madurez escribió un poema épico, Marius, del que quedan algunos pocos versos.

Posiblemente las obras de Cicerón que más han influido en generaciones posteriores son las de contenido filosófico y los corpus teóricos que sobre materia retórica legó a tratadistas de la Edad Media y el Renacimiento. En los diferentes periodos de su vida en que, por unas razones u otras, se vio alejado de su actividad política, Cicerón se dedicó con fervor a la filosofía. Tradujo al latín alguno de los diálogos platónicos, una tarea con la que aportó una importante contribución para formar un vocabulario filosófico específicamente latino. El fallecimiento de su hija Tulia le indujo a la escritura de la Consolatio, una obra sobre la muerte de importantes personajes, y del Hortensius, donde se recomienda el estudio de la filosofía. De la primera se conservan fragmentos; nada queda de la segunda, más que la referencia de que, cinco siglos más tarde, impresionó hondamente a san Agustín. Casi todo el contenido de Academica se ha perdido. Sus ideas sobre el bien supremo están reflejadas en De finibus bonorum et malorum; y sobre la naturaleza de los dioses en De natura deorum. También abordan temas religiosos De fato y De divinatione. Entre el 45 y el 44 escribe una de sus mejores obras filosóficas, las Tusculanae disputationes, en la que Cicerón reflexiona sobre el contenido de la felicidad.

Por su difusión posterior son importantes tres obras: De officiis, De amicitia (también Laelius, sive De amicitia) y De senectute (también Cato Maior, sive De senectute). El primero de estos tratados está dedicado a su hijo Marco, y en él se establece la relación entre lo útil y lo ético, un importante consejo moral en una época de graves desórdenes; en el segundo, en forma de diálogo, se reflexiona sobre la amistad y se destaca su importancia, tomando como punto de partida las teorías de distintos pensadores griegos; el diálogo De senectute defiende la ancianidad frente a quienes le consideran un tiempo sin placer y sin actividad en espera de la muerte.

Sus conocimientos sobre política se plasman en los tratados De re publica y De legibus. En el primero hay que destacar el fragmento constituido por el Somnium Scipionis y la defensa de su ideal político, una equilibrada mezcla de monarquía, oligarquía y democracia. En el segundo se ponen en relación la relación y las leyes.

La influencia ciceroniana en los tratadistas de retórica posteriores es primordial. Desde su posición de excelente orador, Cicerón dedicó buena parte de su producción a reflexionar sobre el arte oratorio, sus normas y su función social. Comenzó componiendo en su primera juventud (apenas tenías veinte años) un breve manual, De inventione. Su pensamiento fue madurando hasta crear sus extraordinarios tratados posteriores: De oratore, sobre la oratoria como arte total, y su complementario Orator, un retrato del orador Metelo; en el llamado Brutus traza una historia de la elocuencia romana y se enfrenta a los postulados aticistas, a la vez que recomienda un estilo no excesivamente ornamentado; en los Topico se hace referencia a los lugares comunes que emplean los oradores en sus discursos. Sólo se conservan fragmentos del De optimo genere oratorum. En las Partitiones oratoriae se da respuesta a las preguntas que su hijo le hace sobre el arte de la oratoria.

La gran virtud de Cicerón es su asombroso dominio de la lengua latina. Su estilo es extremadamente cuidadoso: elude tanto el arcaísmo como el coloquialismo. Su expresión elegante no rechaza, en ocasiones, el patetismo o la exageración cuando su objetivo es conmover al auditorio. El ritmo de la prosa está claramente medido: se dice que su solo sonido deleitaba.