El cuarto período del Derecho romano, de que tratamos, es el de la decadencia de la cultura del Derecho, a pesar del establecimiento de escuelas para enseñarlo, y de que su profesión abría aun el paso a las primeras dignidades del imperio. Al final del siglo III de nuestra era, la jurisprudencia era ya una carrera a que se dedicaban los libertos, y al terminar el siguiente las personas de condición servil podían ejercerlo como los oficios mecánicas. Contribuyeron a este retroceso las luchas internas que sucedieron a la muerte de Alejandro Severo, la traslación de la residencia del imperio a la nueva capital diferente en idioma, en costumbres y en tradiciones de aquella en que el Derecho romano había tenido su nacimiento, y más que todo el brillo que cercaba a los estudios teológicos y la más halagüeña perspectiva que presentaban, tanto por el esplendor de los prelados como por la influencia que tenían.
- El papel de las escuelas públicas del Derecho de Roma, Constantinopla y Berito
Las escuelas públicas del Derecho establecidas en Roma, en Constantinopla y en Berito, ciudad de la Siria, sostuvieron la memoria y los escritos de los jurisconsultos del periodo precedente, contribuyeron de este modo a que no perecieron los libros que después habían de servir para la compilación de Justiniano. En las escuelas de Constantinopla y de Berito había cuatro profesores (antecessores), a que daban los títulos disertissimi, clarissimi, illustres, y que por sus méritos en el magisterio llegaban a las dignidades de más categoría, como la de comites consistorii, magistri. Los que se dedicaban a la jurisprudencia debían concurrir a las escuelas por cinco años, si bien solo en los tres primeros se les daba el nombre de auditores (1).








